Tic, tic, tic
Chiquita. Vista así, pareciera que a nadie le molesta. Que su paso por el mundo será fugaz como el amor por las mozas, como un buen gol, como un adjetivo bien puesto, como una frase dicha en el momento exacto a la persona justa. Que vino y se fue, sin que nadie se diera cuenta. Lo que es peor, es la misma condena que sufrirán sus congéneres.
Tic, tic, tic
¿A dónde van cuando se gastan? Mil veces me pregunté lo mismo. La tira de Mafalda y los minutos. El “¡qué responsabilidad!” de Felipe podría ser una respuesta. Pero no, me encanta el éxito fácil (a quien no). Me conformé con imaginar mundos lejanos poblados por seres de igual trascendencia. Allí, a lo mejor, estarían las hormigas, los bichos bolita, las amebas, los amores prohibidos y los no correspondidos.
Tic, tic, tic
Y sin embargo, siguen ahí en mi cocina. Infinitas veces, su repiqueteo me incomoda, me molesta y me dispongo a acabar con su intrascendencia. No, me digo. No soy nadie para cambiar el curso de las cosas. Después pienso: con su lenta pero constante fuerza, movieron continentes, rompieron montañas, causaron tragedias, demostrándoles a la raza humana todo su poder. No. No soy nadie para cortar el (inexorable) curso de las cosas.
Tic, tic, tic
Armado de valor, tomé conciencia y me enfrenté al espejo. “Estoy así no va más”. Me reproché haberme escondido y evitado el problema (como siempre hago) en vez de enfrentarlo. “En realidad, más que dejarlas ser, estoy favoreciendo los intereses del imperialismo cipayo”, me dije redundantemente. Entonces, en un alarde de practicidad y fuerza interior que me sorprendió, hice lo que tenía que hacer.
Tic, tic, tic,
Ellas y yo. Yo y ellas. Desafiantes, solos, sin apoyo más que el que podían darnos nuestras creencias y convicciones. Tic, tic, tic, tic, comenzaron a caer más rápidamente, como nerviosas. Mi corazón latía entre excitado y nervioso. Era un momento crucial.
Tic, tic, tic
Ahora siguen cayendo. Debo reconocer que fue una victoria parcial. No pude arreglar el cuerito de la canilla de la cocina de mi casa. Pero, al menos, puse una jarra de dos litros y medio para que el agua que se acumule ahí no se desperdicie. El tic, tic tic, se transformó en plop, plop, plop. Me consuelo pensando que ahora el paso de esas gotitas por este mundo no será en vano.
PD: Si alguien me dice como cambiar un cuerito, agradecido.
Actualización: Por una extraña fuerza que desconozco, las gotitas dejaron de caer sin que yo intervenga. ¡Cosa e' mandiga!
martes, 13 de mayo de 2008
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