Mide casi 170 metros, o quizá un poco menos, porque está subida a una pequeña escalera. No se parece en nada a otra, pero igual tiene una belleza exótica. Máximo 25 años, morocha, pelo ondulado. Hace rato que la estoy escrutando, con ganas de pedirle algo más que lo que habitualmente se hace. Me imagino saliendo de la mano por lugares que aún no conozco. Me imagino empezando el año en su lecho, aún sin poder recuperarme de un encuentro que seguro sería memorable. El pantalón tiro bajo deja ver parte de los “huesitos” de la cadera, que a su vez está cubierta con un culotte negro con brillitos. Ése es el disparador para que mis más bajos instintos comiencen a pulular por mi mente. No me importa quedar como estúpido, mucho menos ser evidente. La gente está demasiada ocupada en la Navidad en esta época como para advertirme.Para ellos seré un ave de paso por su universo cargado de bolsas, moños, tarjetas de crédito, dinero que sirve para tapar las penas, transpiración, humedad, gritos, “pordioses” y demás. Incluso para ella también. Abrigo la esperanza de que no sea así. “Hola me llamo XXX, como estás”, sería un buen comienzo. No, sería demasiado obvio, teniendo en cuenta su rol de vendedora. Mejor un “que calor, no doy más. La gente está cada vez más loca”. Sí, así es mejor. Siempre fui bueno entablando relaciones con desconocidos, sobre todo a partir de comentarios por demás superficiales pero que en realidad dejan abierta la puerta para conversaciones más profundas. A veces pasa, casi todas no. Mis pulsaciones se aceleran y mi corazón comienza con latir cada vez más fuerte. Ella (que en realidad mide mucho menos de 1.70) se me acerca y me clava la vista. Siento el mismo frío en la espalda que me asalta cada vez que vivo una situación así.
“Hola, me llamo Mariela” (pudo ser peor, pero es un comienzo)
“Hola, ¿cómo estás?”, alcanzo a tartamudear
“Bien, con calor, la gente está muy loca” (¡vamos carajo!)
“Y sí, las fiestas y el frenesí de fin de año”, intento explicarle
“Imaginate, estoy desde las 9 encerrada acá un 24 diciembre”, me dice
“Bueno, pero ya se termina. Es por estos días”, le digo
A partir de ese momento sentí miedo. Si, miedo. No sabía hacia donde podía derivar este frugal diálogo sobre la Navidad. Mil de opciones para continuar la charla se cruzaron por mi cabeza, ninguna me convenció. O todas, pero no me animé.
“¿Qué andás buscando?”, arremete
“Estehhh ¿tenés esta bermuda en talle M?, me resigno (N de R: estaba embobado, los pantalones no vienen en talles S,M o L, sino en números)
“Es la última que me queda. ¿Por qué no te la probás?”, me intima
Entro al probador, esperando que me ocurra como en la canción de Virus. Minutos después, al ver que nada de eso sucede, salgo con mi decepción a cuestas y enfilo directamente hacia la caja. Pago e intento escabullirme entre la gente, sin que Mariela me vea huir.
No lo logro, con su sonrisa, a estas alturas diabólica, demencial, cansada, me dice “Gracias, flaco. Feliz Navidad”.
martes, 13 de mayo de 2008
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